martes, 20 de enero de 2009

El amante sin rostro


Entrevista a Jorge Marchant Lazcano, concedida desde Nueva York

Por Jorge Queirolo Bravo


Hablar de Jorge Marchant Lazcano es referirse a todo un hito en la historia literaria de Chile. No solamente es el ganador del Premio Altazor de Novela, en su versión 2006, sino que también podemos decir de él que se ha convertido en un novelista sólido, con un estilo que invita a la lectura y que jamás aburre. Las historias de Jorge nos trasladan a escenarios interesantes, en los que seguimos los vaivenes de las vidas de personajes conflictivos o atormentados. Lo bueno es se trata de tramas tan bien elaboradas, que captan la atención del lector desde la primera página y no la aflojan hasta la última letra. Recientemente salió la última novela de Jorge Marchant Lazcano, “El amante sin rostro”, que en sí es un thriller psicológico muy intenso y digno de ser conocido. A continuación Jorge responde, en una entrevista, con sus propios puntos de vista sobre la que ha sido, sin lugar a dudas, su obra más entretenida y cosmopolita.


JQB: Hablar del cura Deusto, ¿es un homenaje póstumo a Augusto d’Halmar o resulta una forma de recordar que Chile ya era, en 1942, un país más liberal y tolerante de lo que entonces aparentaba?

JML: Tengo que comenzar diciendo que Chile tiene una gran deuda con sus grandes escritores del pasado. Cuando a diez años de su muerte, al parecer, nadie quiere recordar a José Donoso –a quien considero el novelista chileno más importante del siglo XX–, y se le negó la posibilidad del Premio Altazor por “La cola de la lagartija”, su obra póstuma, volver a hablar de las obras olvidadas de escritores, que murieron hace medio siglo, es un ejercicio muy saludable para nuestra amnesia cultural. Por ello, al plantearme en “El amante sin rostro” la presencia de un obispo supuestamente “culpable” por su homosexualidad, y castigado por la Iglesia con el encierro, vuelvo mi mirada hacia el cura Deusto, personaje central de una novela de Augusto d’Halmar creada el año 20 en España, y publicada por primera vez en ese país. Me asombra la capacidad de d’Halmar de urdir una trama como la de esa novela –un cura enamorado en secreto de un gitanillo adolescente–, nada menos que en la España oscura, monacal, aristocratizante, de esos años. Sin duda, mi mirada a d’Halmar pasa más por el homenaje, por la relectura de un texto prácticamente olvidado, pero a la vez valorado por los estudiosos de temáticas relacionadas con los géneros sexuales. Una vez más tengo que recordar que no soy historiador y no conozco a la sociedad chilena de 1942, año en que se le otorga a d’Halmar el Primer Premio Nacional de Literatura. Pero está claro que todo el mundo en Chile sabía quién era ese viejo que regresaba de sus peregrinajes por el mundo, al parecer con una mano por delante y otra por detrás, y además de un mitológico hijo adoptivo lo acompañaba su antiguo prestigio que también parecía mitológico. Quizás por eso fue posible que se le reconociera como una especie de padre de las letras. Es bastante inaudito, pero nuestros padres literarios (léase, d’Halmar, léase Mistral) no fueron capaces de tener hijos carnales.

JQB: ¿Qué explicación puede existir, para que en un país aparentemente tan conservador y católico como Chile, se galardonara a un escritor como Augusto d’Halmar con el Primer Premio Nacional de Literatura, siendo que sus escritos eran bastante irreverentes para el gusto de la época?

JML: A mi juicio, su gran prestigio. Muchos años después, en 1962, tal como lo consigno en alguna parte de “El amante sin rostro”, el crítico Alone deja claro que todos sabían quién era d’Halmar: “Hay algo que hasta ahora nadie ha dicho claramente, aunque todos lo saben: el uranismo de d’Halmar que no lo explica todo, pero sin lo cual nada se entiende”. “Uranismo” era el eufemismo para hablar de homosexualidad en esos años. Y Lafourcade, por su parte, escribe algunos años después en El Mercurio esa anécdota según la cual d’Halmar andaba por los cerros de Valparaíso diciendo: “Porque yo soy el cura... sin cura...”.

El prestigio de su obra literaria, que comienza con el recio naturalismo de “Juana Lucero”, y la perfecta trama psicológica de “Pasión y muerte del cura Deusto”, es mayor que los supuestos secretos personales. Chile, que es el país campeón del doble estándar, ocultaba, negaba, impedía que escritores como d’Halmar, o como Benjamín Subercaseaux, pudieran manifestarse con sus verdaderos rostros. Pero no le echemos sólo la culpa a la sociedad chilena. Si el inglés E.M. Forster murió sin ser capaz de publicar su novela “Maurice”, impedido por el posible miedo, el problema es mucho más profundo, y tiene que ver con el ocultamiento que la homosexualidad sufrió con violencia por muchas épocas.

JQB: ¿Los Bradley vendrían a ser el típico caso de una familia híbrida estadounidense, al existir en ella una inmigrante? ¿O Isabel es una mujer totalmente integrada en la sociedad en la que vive?

JML: Es una muy buena observación la tuya. En la sociedad norteamericana, especialmente en las grandes ciudades, existe una gran capacidad de “transculturización”. No hay que olvidar que este país se ha formado por distintas oleadas de inmigración que se han ido superponiendo unas sobre otras. Con los años, esos inmigrantes van adquiriendo cierto grado de prestigio, a mi juicio, descendiente, porque los irlandeses que llegaron pobrísimos hace un par de siglos, y luego los judíos, consiguieron finalmente un estatus social que probablemente no tienen ni los italianos, ni los puertorriqueños, ni mucho menos las nuevas oleadas latinas, o asiáticas, o musulmanas.

En ese plano aparece Isabel en mi novela. Ella es un caso totalmente atípico, porque los chilenos somos bastante atípicos en el panorama latino dentro de los Estados Unidos. Tal vez porque hablamos diferente, porque una vez que cruzamos la frontera a Tacna o Mendoza volvemos a creer el cuento de que somos los ingleses de Sudamérica, y nuestro gobierno quiera vender la imagen de un país progresista, casi del primer mundo, en las enormes pantallas de Times Square.

Para colmo, Isabel pertenece a la clase media alta chilena, llena de los prejuicios imperantes, y eso la hace sentirse doblemente distinta.

De cualquier forma, el drama que arrastra consigo es lo que define al personaje y establece su terrible desarraigo. Isabel es una mujer incómoda consigo misma, con la familia que ha creado, con su pasado, con el país que dejó atrás pero del cual no se puede, no se podrá nunca desprender.

JQB: ¿Es factible ver a Bill Bradley como un típico arribista que logra triunfar en la sociedad americana?

JML: Bill Bradley, el gringo con el cual Isabel se ha casado, es uno de esos personajes que parecen imponerse solos en determinadas novelas. En la medida que Isabel y su historia iban creciendo, fue a la vez surgiendo la figura de este personaje marginal, pese a que, como buen norteamericano, debería estar en el centro de todo. Pero es marginal por donde se le mire. No sólo porque proviene de una madre desvalida, católica y abandonada que lo ha criado con dificultades en algún sector pobre de Queens, sino además, porque se ha casado con la mujer equivocada. No lo veo para nada como un arribista, pese a que ha logrado crearse un buen futuro como abogado de inmigración, y viven muy bien en un sector elegante de Manhattan. Es un hombre que arrastra una enorme tristeza, una sensación de encontrarse en el lugar inadecuado. Eso lo llevará a crear uno de los tensos momentos iniciales de la trama, con su partida a Baltimore con el propósito de contarle a su hijo toda la verdad escondida respecto a su origen. Pero es incapaz de hacerlo y por un buen tramo no sabemos nada de él. Trabajamos a este personaje con mi editor con una intensa subtrama, y creo que se convirtió no solamente en un personaje central, sino en un buen retrato del desasosiego moral del americano medio de hoy, a medio camino entre su sentido del deber y la sensación de vivir en medio de la maldad.

JQB: Bill Bradley repetidamente se muestra como un individuo incapaz de afrontar las realidades que se le presentan en el camino. ¿Qué vocablo es más apropiado para Bill: sensible, débil o cobarde?

JML: Es, a mi juicio, un poco de todo. Sensible al momento de advertir en el pasado que Trisha Borger, la fotógrafa, era su verdadero amor, la mujer que fue incapaz de encontrar antes de que los Reymond lo deslumbraran con sus aires de chilenos con clase. Pero al mismo tiempo es débil al ser incapaz de tomar una decisión en su vida, y eso lo pagará caro, no sólo él, sino también Isabel e incluso sus propios hijos. Pero todas las cobardías del pasado parecen olvidarse en el momento final de redención de este personaje.

JQB: El obispo Juan Bautista Reymond de la novela guarda mucho parecido con uno que existió en la vida real. Me refiero a monseñor Francisco José Cox, quien fuera Arzobispo de La Serena y que actualmente está desaparecido del mapa, supuestamente retirado a una vida de oración en algún convento muy remoto. ¿Te basaste en su caso para crear al personaje de la novela? ¿O más bien te fijaste en Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo? ¿Hay un poco de los dos en monseñor Juan Bautista Reymond?

JML: Lo que más quise es que hubiera verdad en el personaje de monseñor Reymond. No me resultaba fácil hablar de un sacerdote “caído”, porque tengo sentimientos encontrados en torno a ellos, dada mi formación católica. Pero el tema del ocultamiento en torno a estos seres, por parte de la propia institución, me parece tan terrible, tan inhumano si se quiere, porque es una especie de muerte en vida. Este sentimiento de injusticia, lo comparto con Romina, la periodista de la novela que persigue al cura con el fin de que él haga sus descargos. Pero ya sabemos que eso es imposible, porque una vez que son encerrados, no se vuelve a saber más de ellos. Tal vez morirán en la más absoluta oscuridad a los ojos del resto de los mortales. Por cierto, leí todo lo que se publicó en torno al caso de monseñor Cox, y me provocó una tremenda conmoción porque, al parecer, sólo se le acusaba de homosexualidad, como si la Iglesia Católica, en general, no estuviera llena de sacerdotes homosexuales. También me informé sobre el caso Maciel (e incluso se nombra dentro de la novela). Recuerdo también haber escuchado unas historias de “primera mano” en torno al atractivo que el cura Tato provocaba entre sus alumnas, pero ésta ya es otra historia. El cura Reymond de mi novela arrastra una fuerte sensación de atracción desde su misma juventud, antes de que se hiciera cura. También se habla de su poder de seducción entre muchachos y se crea una imagen casi legendaria del personaje antes de que aparezca, muy tarde, en escena.

JQB: En el libro describes un hogar para mujeres solas, que no es barato, está regentado por monjas y es bastante tenebroso. ¿Existen de verdad estos hogares? ¿Conociste alguno? ¿Son tan terribles? ¿Por qué existen mujeres mayores que aceptan una vida tan poco agradable y, además, pagan bastante por eso? ¿Son masoquistas?

JML: Ese hogar lo conocí en persona, porque mi madre pasó un par de años en uno de ellos. Se trata del mismo que aparece descrito en la novela. Es el hogar para señoras que tienen las Monjas de la Providencia en pleno barrio Providencia, frente al Parque Gran Bretaña. La verdad es que no es tan tenebroso. No está descrito como un lugar tenebroso en sí mismo, sino por las sensaciones que provoca en otros personajes de la novela. En especial en los hijos de Isabel, que son norteamericanos y prácticamente no han visto nunca una monja en sus vidas. Los niños llegan a creer que su abuela es otra monja. ¿Por qué señoras como mi propia madre toman la decisión de vivir en ellos? Por distintas razones. En la mayoría de los casos, porque están solas, y allí viven señoras que se valen por sí mismas, es una especie de pensionado. No lo pasan nada de mal, reciben visitas, organizan reuniones, pero cuando salen, tienen que regresar como Cenicientas a las 8 de la noche, o se quedan fuera. Las monjas son bastante clasistas y para tener cabida allí, sus “clientas” deben tener contactos y currículo social. Mi mamá contaba que había visitado cuando niña a una tía abuela suya que era monja de ese convento. Eso le habrá servido a la hora de ser “clasificada”. Pero después se aburrió y se salió. Mi madre aún tenía mucha cuerda y, que yo sepa, no tiene nada de masoquista.

JQB: El final, algo sorpresivo, en el cual el lector se entera que Matías Reymond ha embarazado a su prima Ana Marie, pareja de Zoé, ¿es una alusión a las reivindicaciones (combatidas por los grupos conservadores y la iglesia católica) de la comunidad homosexual para casarse, formar sus propias familias y adoptar hijos?

JML: Creo que les hemos revelado una gran sorpresa a los lectores, pero no es mi culpa, sino la tuya. Igual, espero que esto sirva para aclarar mis puntos de vista respecto al tema de la homosexualidad en esta novela. Sin duda, hay un intento por establecer el rol de las nuevas familias en el mundo de hoy. Son temas que pueden parecer casi imposibles en la muy conservadora –en general– sociedad chilena, pero que en países desarrollados son tema de todos los días, incluso en países antes tan católicos y reaccionarios como era antes España. Acá en Nueva York (tampoco diré en los Estados Unidos, porque ya sabemos que éste es un país muy puritano), cada domingo aparecen más matrimonios gay en las páginas de vida social del New York Times. Por cierto, son casos aislados, de gente con dinero, pero revelan algo de lo que se está viviendo. Cada vez son más los homosexuales que intentan crear sus propias familias, criar sus propios hijos, cada vez hay más lesbianas dispuestas a embarazarse, probablemente por un donador anónimo de semen. Es parte ya no sólo de las reivindicaciones, sino de la vida que en justicia se merecen los homosexuales maduros. Han pasado demasiadas décadas de ocultamiento, de vivir en las sombras, en el miedo, en la vergüenza, y después de la tragedia del sida las cosas comienzan a tomar un curso más normal.

JQB: Los chilenos de los años 60, ¿eran conservadores muy ignorantes o ambas cosas a la vez? Lo pregunto, porque, al final del libro, Isabel Bradley confiesa que en su juventud ignoraba la existencia de la homosexualidad femenina, algo que hoy en día sonaría poco menos que irónico.

JML: Si las cosas eran difíciles para los homosexuales, imaginemos lo que podría haber sido para las lesbianas. De hecho, incluso en los países más avanzados, las lesbianas vivieron en la oscuridad hasta mucho más tarde. Las pocas películas que el cine norteamericano hizo para describir el fenómeno, las mostraba como seres depredadores, malvados, altamente culpables, como en el caso de “El asesinato de la Hermana George” de Robert Aldrich. Vivir una vida como lesbiana era algo muy complejo y extraño en el Chile de los años 50 y 60, por lo que muchas lesbianas se casaban y tenían hijos. Conozco algunos casos. Una adolescente con formación católica difícilmente se enteraría de su existencia y mucho menos preguntaría sobre el lesbianismo a sus profesoras o a sus padres. Así pues, la ignorancia de Isabel no tiene nada de irónico.

JQB: ¿Clasificarías la conducta de Isabel frente a Sanford y Ana Marie, sus hijos adoptivos, como propia de una mujer con instinto materno? ¿O solamente es el proceder de alguien que obra con mucha cordura y sentido común? ¿O es una combinación de los dos elementos?

JML: No cabe duda que Isabel actúa con un fuerte instinto maternal, superando incluso sus propios traumas y sus propios miedos. He leído que la conducta de las madres adoptivas es más ansiosa y más “temerosa” o “compulsiva” frente a sus hijos, como si tuvieran que demostrar doblemente que son buenas madres. Al ver el derrumbe inexorable de su matrimonio, y de su aparentemente perfecta vida, Isabel se preocupa de sus hijos, aunque ellos ya estén fuera de casa. Cordura no tiene para nada. No parece cuerdo que revele tantos secretos a su sobrino a quien no conoce, ni que le grite tales horrores al socio de su marido, ni que acuda al llamado de su primo sacerdote, ni que atienda a Romina en su departamento. Esos son todos actos impetuosos, pero si no fuera por tales actos, no tendríamos novela. Las novelas en sí mismas no parecen construirse con cordura, sino con pasión, desgarro y exceso.

JQB: La aventura amorosa de Isabel en su adolescencia, que evidentemente marca el resto de su vida, ¿es un factor que explica su conducta de mujer adulta?

JML: Yo creo que la conducta de Isabel a lo largo de la novela es una suma de todas sus experiencias como mujer. Por cierto, la aventura amorosa a la cual tú te refieres es marcadora para ella en su adolescencia, especialmente porque tiene una carga emocional muy fuerte. Pero después está la probable soledad que debe haber sentido de muchachita al movilizarse junto a su familia a los Estados Unidos, tras el golpe de estado de Pinochet en Chile, en 1973. Es muy posible que, por ello, elige sin cuestionarse mayormente, a un marido norteamericano del cual no sabemos cuán enamorada pudo estar. Y después debe enfrentarse tal vez con la parte más compleja de su vida: la imposibilidad de ser madre. Es posible que eso sea lo más duro, al menos en su etapa de mujer casada. Más aun que las infidelidades de su marido, y la relación que Bill establece con Trisha Borger, su amante, y con quien tiene un hijo. Pero esa imposibilidad de ser madre biológicamente, va unida a la maternidad adoptiva. ¿Ama de verdad a esos hijos? Es algo que ella misma se llega a preguntar y que intentará develar precisamente a lo largo de la novela, en esos pocos días de acción, mientras se siente tan unida a su sobrino Matías –el hijo que podría haber tenido en Chile –, y resurge el fantasma de Juan Bautista, su primo, convertido en un sacerdote trasgresor.

JQB: Charitín, la empleada doméstica de los Bradley, católica devota y observante, ¿representa a la típica mujer de pueblo con poca instrucción y fanáticamente religiosa? ¿No será una especie en vías de extinción, si consideramos el ritmo al que la iglesia católica está perdiendo su feligresía, especialmente en Europa y América Latina?

JML: Charitín partió siendo un personaje de apoyo, para convertirse en un personaje relativamente central. Su nombre –como el narrador lo señala –, está relacionado con el de una conocida conductora de la televisión hispana en Miami, dominicanas ambas. Me temo que no es una especie en vías de extinción, por mucho que la iglesia católica pierda a su feligresía, como ella misma lo cuenta en la novela. Estos seres con poca instrucción, manipulados por los medios de comunicación hispanos en los Estados Unidos, doblegados por el miedo a la deportación, al terrorismo, a la segregación, van a seguir siendo tan fanáticos en sus creencias cualquiera que sea la religión que tengan. Católicos o pentecostales, seguirán siendo igual de reaccionarios, apegados a tradiciones obsoletas y a rígidos códigos morales. Vienen a Nueva York desde las miserias de sus países, y siguen siendo exactamente las mismas personas. Por ese motivo, Charitín actúa como una espía y casi una traidora en la novela. Hace algún tiempo, invitamos a almorzar a una amiga parecida a Charitín al Village, y ella no quería ir porque consideraba que el Village en Manhattan era una especie de centro de corrupción.

JQB: ¿Fue difícil estructurar una novela que transcurre, casi en su totalidad, en Nueva York? ¿Recorriste todos los lugares que mencionas? ¿Te consideras un gran conocedor de esa ciudad?

JML: Gran, gran conocedor, imposible, pero sí tengo una buena visión de la ciudad después de más de cinco años pasando la mitad de la vida acá. Por ello he situado mis dos últimas novelas en Nueva York: “Sangre como la mía” y “El amante sin rostro”. No podía dejar pasar esta oportunidad única que he tenido de poder vivir en Nueva York. Lo han hecho muchos autores, como fue el caso del poeta Rosamel del Valle, quien vivió en esta ciudad en los años 40 y 50 trabajando en las Naciones Unidas, o el mismo García Lorca quien escribió un poemario tras una relativamente corta visita. En el caso de “El amante sin rostro”, el gran tema de fondo es el del desarraigo, entendido como incomodidad en la propia piel. Todos los personajes están incómodos con sus vidas, y para ello no podía haber mejor escenario que la gran ciudad de las inmigraciones. Estructurar una novela como ésta significó tener claro el panorama social de la ciudad. Tal vez lo más difícil, al respecto, fue crear el mundo de Isabel y Bill, ya que yo no conozco matrimonios como ellos en esta ciudad. Son personajes totalmente imaginados, aunque en el pasado de Isabel en Chile pueda haber huellas de algunas vivencias personales mías. Recorrí en varias sesiones el sector de la Quinta Avenida, hasta creer haber encontrado el lugar adecuado para el escenario de los Bradley. Los personajes se mueven luego por los lugares donde uno mismo se mueve: Lincoln Center, Union Square, Meetpacking District, Brooklyn, Central Park, Metropolitan Museum of Art.

JQB: ¿Aspiras a convertirte en el novelista latinoamericano de Nueva York? ¿A ser el primer chileno especializado en escribir novelas sobre esta ciudad?

JML: Novelas latinoamericanas con personajes en Nueva York hay varias. Tal vez la más importante sea “Maldición eterna a quien lea estas páginas” de Manuel Puig, quien también vivió en esta ciudad por muchos años. A Puig no se le habría pasado por la cabeza considerarse un especialista en Nueva York, aunque se pasara todo el día viendo y coleccionando películas del cine de oro de Hollywood. Mucho menos a mí. Si apenas consiguiera ser considerado como un buen observador –algo que he hecho–, de la realidad de Queens, presente en ambas novelas, ya me sentiría tremendamente complacido. Pero, ¿quién podría hacerlo? ¿Habrá alguien en todo el condado de Queens que haya leído una línea mía?

JQB: ¿Crees que el público chileno está a la altura de una temática como la de “El amante sin rostro”?

JML: Absolutamente. ¿Qué tiene de excluyente “El amante sin rostro” como para que eso no sucediera? Mi novela tiene verdad, tiene emoción, tiene misterio, tiene buena letra. El público chileno, en general, no vive sólo de bestsellers. Aunque estoy de acuerdo que cada vez se lee menos en Chile, hay un público fiel que lee con generosidad y entusiasmo.

JQB: ¿Cuáles son tus proyectos literarios para el futuro?

JML: Por el momento, preocuparme de la expansión de mis obras anteriores. “Sangre como la mía” ya apareció en España por Editorial Egales y aparece en francés en París en enero de 2009 por Autrement Editions. Estoy en contacto con una agente española para ver la posibilidad de nuevas ediciones de “La joven de blanco” y de “El amante sin rostro”. Tal vez publiquemos en Chile, con Tajamar Editores, nuevas ediciones de mis primeros libros: “La Beatriz Ovalle” y “La noche que nunca ha gestado el día”.

Y ya comencé a trabajar en una nueva novela, que me lleva nuevamente a la historia de Chile en el siglo XIX. Pero de eso no adelantaré nada más.

Nueva York, 22 de septiembre de 2008.

© Jorge Queirolo Bravo

domingo, 18 de enero de 2009

Jorge Marchant Lazcano, irreverente y sin pelos en la lengua


Entrevista de Jorge Queirolo Bravo

"En "Sangre como la mía" he querido observar la historia de los últimos cincuenta años vista desde la oscuridad, la distancia y el aislamiento de seres tan frágiles como los homosexuales."

Jorge Marchant Lazcano

“Sangre como la mía” es la más reciente publicación de Jorge Marchant Lazcano, la cual en cierta forma rompe el molde de lo que hasta ahora habíamos visto en cuanto a su producción literaria. No obstante, es una novela muy entretenida y que trae muchos capítulos poco conocidos acerca de la historia del cine. En esta entrevista Jorge cuenta a sus lectores algunos pormenores respecto de la creación de su última obra.

JQB: "Sangre como la mía" es una novela cuya temática es diferente de la que se vio en tus otros libros. ¿A qué se debe esto? ¿Qué fue lo que te inspiró a escribir una novela que en gran parte se basa en el tema "gay"?

JML: Existían antecedentes de la temática gay en anteriores trabajos míos. Concretamente en la novela corta "La noche que nunca ha gestado el día" publicada el año 1982, en donde se planteaba una turbia y ambigua relación entre un "lumpen" porteño y un francés judío en el Valparaíso de los años 40, durante la Segunda Guerra Mundial. De la misma forma, el cuento "Matar a la dama de las camelias" fue antologado en un volumen de ficción latinoamericana gay en San Francisco, junto a autores tan relevantes como Manuel Puig y Reinaldo Arenas. Por lo que se trata de una temática que aguardaba a la espera de una etapa de mayor madurez. Los hechos históricos también tuvieron que ver con este retardamiento al tratar esta temática. Quise tener la suficiente distancia para enfrentar un tema de por sí difícil como es el Sida y del cual en la literatura latinoamericana existen pocos textos narrativos. El Sida, en mi novela, viene a ser una suerte de consecuencia inevitable, entendiendo que los homosexuales fueron las primeras víctimas de esta catástrofe.

JQB: ¿Hay algún mensaje implícito en tu libro? ¿Tratas de decirle algo a la sociedad?

JML: Más que dar un mensaje, mi objetivo como narrador ha sido siempre contar una historia coherente, apasionante y que nos hable del mundo en el que vivimos y de las personas que nos rodean. Si en "Me parece que no somos felices" intenté descifrar algunos códigos del ascenso de la clase media al poder en la época de Arturo Alessandri, en "Sangre como la mía" he querido observar la historia de los últimos cincuenta años vista desde la oscuridad, la distancia y el aislamiento de seres tan frágiles como los homosexuales. En los años cincuenta, cuando era un niño, de acuerdo a ciertos textos de la narrativa chilena - Donoso, Lafourcade, Gertner, Valdivieso, - en nuestro país y en nuestra sociedad eran particularmente clasistas, intransigentes y homofóbicos. Por ello, situar a mis protagonistas en este marco histórico los hace parecer particularmente vulnerables y, por eso mismo, más entrañables. Guardando las distancias, podrían estar tan solos como cualquier adolescente de nuestro tiempo.

JQB: Hablas de “homofobia” en la década de los 50, pero ¿es que ahora ya no existe más? ¿Somos más tolerantes en este nuevo milenio?

JML: No, y en términos absolutos. Conversando con un psicólogo, él me decía que es fácil observar entre sus pacientes que tras un aparente rostro de tolerancia, si se rasca la epidermis, rápidamente se descubre al racista, al clasista, al homofóbico. A mi juicio, más que homofobia, lo que podría existir entre nosotros es ignorancia. Somos un pueblo tan aislado, que difícilmente tenemos la capacidad de comprender la diversidad.

JQB: ¿No será un contrasentido hablar de un pueblo aislado en el caso de Chile, si en sociedades aparentemente tan integradas entre sí y además altamente globalizadas, como las europeas o la norteamericana, también se dan los mismos elementos racistas, clasistas y xenofóbicos?

JML: Sin duda. En definitiva no somos más que el reflejo de la eterna conducta humana, pero estamos hablando de una novela y de una historia que en gran parte transcurre en Chile, y de ahí estos comentarios alusivos a nuestra sociedad. Pesa también en nuestro país, en forma majadera, la constante vigilancia de la iglesia católica y sus sacerdotes. Al menos en ese aspecto en algunas sociedades más civilizadas han logrado liberarse, incluyendo a los españoles, principales culpables de esta forzada evangelización que sufrimos.

JQB: ¿Crees que tu libro puede ser bien recibido por algunos sectores muy conservadores o católicos? ¿No serás una especie de demonio para ellos, considerando que en el libro no los tratas muy bien y que de paso te burlas de la educación privada?

JML: Fui parte de ese sistema de educación en épocas muy rígidas. Crecí en un colegio católico en los años 50 y 60, con sacerdotes que le daban vuelta la espalda a la realidad y sólo pretendían convertirnos en santos. La mayoría de sus alumnos no teníamos posibilidades de llegar a serlo. Muy por el contrario, tal vez aquello fue la gran frustración de nuestros educadores y, en definitiva, el mayor triunfo de quienes nos estábamos educando. En lo referente a si el libro va a ser bien recibido por los sectores conservadores o muy católicos, debo decirte que no escribo pensando en los posibles lectores, aunque si los sectores más reaccionarios agotaron edición tras edición del "Código da Vinci", preferiría ser leído por un público más libre, más diverso y más alternativo.

JQB: ¿Alguno de los personajes que salen en el libro existió en la realidad?

JML: No necesariamente. Se ha especulado en algunos medios acerca de la posibilidad de mi parecido con ciertos personajes del libro, pero si bien tuve una infancia relativamente parecida a la del joven reportero de la revista "Ecran", y me apasionó el cine como a él, no soy necesariamente esa persona. Aunque me paso algunas temporadas en Nueva York, tampoco soy por completo el chileno norteamericano que narra a comienzos del siglo XXI. Pero debo decir que mi vida ha estado cruzada por muchos seres que guardan alguna relación con mis personajes, pese a lo cual sigo creyendo que la biografía del autor sólo interesa en la medida de que ésta se convierta en un conjunto de sustanciosas páginas de ficción.

JQB: ¿Tienes alguna otra obra en mente o en etapa de producción? ¿Cómo viene tu futuro literario?

JML: Creo que es aún un poco prematuro hablar de próximas obras, cuando "Sangre como la mía" está recién salida del horno. Pero entre mis lecturas se encuentra una antigua novela del chileno Augusto D´Halmar titulada "Pasión y muerte del cura Deusto", caso extraño en las páginas chilenas, por cuanto es un relato sobre un sacerdote homosexual publicado en España en los años 20. Me atrae la idea de ficcionar acerca de las circunstancias en que nuestro primer Premio Nacional de Literatura crea esa obra muy al estilo de David Lodge, escribiendo sobre Henry James.

JQB: Nuevamente estás pensando en una obra que se relaciona negativamente con la iglesia católica, ¿no temes que te excomulguen?

JML: ¿Qué se puede responder a eso? Pensándolo bien te voy a responder con un texto sacado de la propia novela: "A la iglesia no se le puede pedir lo que ésta no puede aceptar, dicen claramente los sacerdotes y, por lo tanto, es su deber rechazar todo lo que viole las leyes naturales." Para mí, como para mis personajes literarios, es completamente inadmisible considerarse católico cuando el Vaticano sigue rechazando la utilización de preservativos para combatir el Sida.

JQB: ¿Cuál es el motivo por el que le pusiste "Sangre como la mía" al libro? ¿De dónde proviene el nombre? La duda acerca del nombre quedó flotando en mi mente porque no lo pude relacionar directamente con el contenido.

JML: La cita es una línea de un poema de Walt Whitman, precisamente de los poemas "Calamus", que son considerados los más homoeróticos de su poesía. La idea de la sangre nos remite a la descendencia. Ésta es una novela que nos habla de las rupturas de una familia y la sangre también puede remitirnos a la muerte. Esta novela también habla de transmisión de una enfermedad mortal (Sida). Claramente están los dos elementos.

JQB: ¿Tuviste que investigar mucho sobre el Sida para este libro? En los agradecimientos están dos instituciones que se relacionan con la enfermedad.

JML: La posibilidad de escribir en Nueva York me permitió contactarme con instituciones como Gay Men´s Health Crisis, que es una organización sin fines de lucro, que fue creada a comienzos de los años 80 como soporte anímico y económico de los gay que morían como moscas. La institución, que ocupa un edificio completo en pleno barrio de Chelsea, provee hoy ayuda especialmente a latinos, mujeres y afroamericanos, que son los nuevos portadores masivos de la enfermedad. De igual forma fue de gran ayuda la enorme cantidad de literatura sobre el tema que se ha escrito en los Estados Unidos.

JQB: Estamos a las puertas de que se conceda nuevamente el Premio Nacional de Literatura este año. ¿Tienes algún pronóstico? ¿Algún favorito en lo personal? ¿Existe alguna obra que a tu juicio merece ser premiada?

JML: Los pronósticos señalan que el candidato con más posibilidades sería José Miguel Varas, aunque también se dice que Diamela Eltit, autora sumamente hermética, estaría en la competencia. Me inclino más hacia algunos de los viejos grandes autores, los últimos que van quedando sin premio como Guillermo Blanco o, mejor aún, la dramaturga Isidora Aguirre, quien tiene cincuenta años de escritura en el cuerpo y entre su obra está "La pérgola de las flores".

© Jorge Queirolo Bravo

jueves, 8 de enero de 2009

Reconstruyendo la historia perdida


Entrevista a Jorge Marchant Lazcano

Realizada por Jorge Queirolo Bravo


El año pasado ya realicé una entrevista a Jorge Marchant y debo reconocer que es un hombre que cumple lo que promete, hecho que indudablemente lo distancia de muchos de los políticos tradicionales y su forma de actuar. Es que en aquella ocasión Jorge me habló de una novela en preparación, la cual acaba de ver la luz hace apenas un par de semanas. Me refiero a "La joven de blanco", texto en el que el autor se remite a dos acontecimientos que realmente ocurrieron en la historia de Chile pero que, tal vez injustamente, han sido pobremente abordados por los historiadores y escritores. Se trata del incendio de la iglesia de La Compañía y del breve paso por Chile del pintor impresionista James Whistler. Sobre esto y otros aspectos del acontecer literario nacional vamos a conversar con Jorge, quien tuvo la amabilidad y la paciencia de recibirme nuevamente.

JQB: ¿Fue difícil gestar esta novela? ¿Tuviste que investigar mucho para tener acceso a las fuentes sobre las que se basa el libro? ¿O la mayor parte es ficción pura y salió de tu imaginación?

JML: Mi anterior novela "Me parece que no somos felices", publicada en 2002, y "La joven de blanco", responden a una etapa largamente postergada de mi trabajo. Ambas novelas las comencé a visualizar antes de mi entrada a la televisión, en donde durante muchos años me desempeñé como guionista, y estos dos libros permanecieron en una etapa como de incubación. Tal vez requerían de mi parte una mayor madurez, conocimiento literario e histórico, como para poder enfrentarlas oportunamente. Siento que al haberlas entregado, se cierra en alguna forma este proceso literario. Por el momento no tengo intenciones de escribir otra novela seudo histórica. Por cierto, el trabajo de investigación ha sido exhaustivo y en el caso de "La joven de blanco" fue más complejo porque nos remontamos a la segunda mitad del siglo XIX, una época del todo pretérita y de la que no existen testimonios orales, como sí sucedió en el caso de "Me parece que no somos felices", en donde la voz de mi abuela materna tuvo algo que decir al respecto. Inicialmente "La joven de blanco" iba a ser una novela dedicada totalmente al tema del incendio de La Compañía, pero en los últimos años de trabajo aparecieron dos elementos que cambiaron su rumbo.

JQB: ¿Cuáles fueron éstos?

JML: La lectura de la novela "La mujer de blanco" del escritor inglés Wilkie Collins, un autor bastante olvidado por más de cien años y contemporáneo de Dickens, redescubierto por escritores de la talla de Jorge Luis Borges y en Chile por el crítico Ignacio Valente. Collins es un maestro de la novela de suspenso y de la multiplicidad de voces como forma literaria y esto se liga directamente con un personaje victoriano, el pintor norteamericano James Whistler. Éste vivía en Londres en la misma época que Collins y extrañamente, sin que existan motivos claros, viaja a Chile en 1866, es decir tres años después del incendio de La Compañía. Con estos tres elementos construyo una novela más compleja, que el primer borrador de una visión unilateral de la catástrofe de la iglesia de La Compañía.

JQB: Es difícil elucubrar sobre los motivos que indujeron a Whistler a desplazarse hasta un rincón tan lejano como Chile, que prácticamente queda al final del mundo. Pero lo que sí creo que te puedo preguntar, a ti directamente, es lo siguiente: ¿cómo se te ocurrió enlazar en una novela dos hechos que no guardan ni la más mínima relación entre sí? Te lo pregunto porque a ningún otro escritor se le ocurrió semejante empresa, y el resultado fue una obra que, al menos en lo personal, me pareció muy entretenida y bien lograda.

JML: De partida no existe un mayor conocimiento, por no decir ninguno, del paso de Whistler por Chile en nuestra historia. Por ello, cuando descubrí en los Estados Unidos un libro sobre pintores norteamericanos en Latinoamérica y me apareció Whistler en Chile, me sumergí en su historia. Encontré un par de biografías antiguas sobre el personaje que me permitieron crearle el marco histórico. Pero de esos seis meses en Valparaíso Whistler nunca dijo algo coherente, lo que por cierto permitía la mayor fabulación en torno a él. Lo que más me atrajo de la pintura de Whistler en torno a mi novela, fueron sus óleos sobre la bahía de Valparaíso y una serie de retratos de mujeres vestidas de blanco, lo que cierta parte de la crítica inglesa consideró que era una aproximación o una ilustración de la heroína de la novela de Collins, hecho que al pintor le pareció sumamente incómodo. La primera joven de blanco es el icono que yo utilizo para crear la relación entre las dos realidades, la victoriana de Whistler y el mundo semicolonial en donde es posible una tragedia de tal envergadura, como la que efectivamente sucedió en la iglesia de La Compañía. Veo a Whistler como un extranjero incómodo, y prácticamente escandalizado con el fanatismo religioso que convierte a las mujeres sudamericanas en un remedo de sí mismas, ese ser tan espantoso llamado "la beata".

JQB: ¿Y tú crees que aquello es una época ya superada? ¿O no será que aún tenemos rezagos de esos años y con portavoces que gozan de una fuerte cobertura mediática?

JML: Lamentablemente 140 años después, muchos de nosotros nos sentimos tan incómodos como Whistler. Somos extranjeros en nuestra propia patria. Sigue primando entre nosotros la voz omnipotente de la iglesia católica, dictando lo que podemos o no podemos hacer, insistiendo en la presencia del demonio, intentando formar a la juventud en determinadas reglas morales, impidiendo en definitiva el ejercicio del libre albedrío. Respecto a los portavoces, es escandalizante el grado de oscurantismo de algunos "príncipes" de la iglesia que actúan impunemente.

JQB: ¿Te refieres acaso al cardenal Medina? ¿O es solamente mi imaginación la que me sugiere su nombre?

JML: Su reciente entrevista en Televisión Nacional permitió que el país pudiera escuchar a este personaje tan siniestro. Pero más allá de él, creo que es toda una institución que posa de modernista, la que sigue obstaculizando nuestra posible felicidad y esto es una herencia de más de 2000 años. Volviendo sobre esto mismo al tema de fondo de la novela, el incendio al interior de un templo católico provocó en la sociedad chilena de aquellos años una fuerte escisión. Hombres de pensamiento avanzado como Benjamín Vicuña Mackenna fustigaron fuertemente al clero e incluso la prensa, como el diario El Mercurio de Valparaíso, tuvieron una posición muy crítica al respecto. Por el contrario, grandes sacerdotes de la época como Larraín Gandarillas, fundador de la Universidad Católica, o Crescente Errázuriz, ni siquiera hicieron mención del incendio en sus memorias. La iglesia católica sufre de una fuerte amnesia al respecto.

JQB: Me da la impresión que la iglesia católica se pone amnésica cada vez que alguien se pone a recordar episodios que no le son gratos. Aunque no quiero asegurarlo. Lo que sí me parece como muy claro es que tu novela no le debe de haber gustado a sectores muy conservadores de nuestra sociedad. ¿Coincides conmigo?

JML: Voy a responderte respecto al caso concreto del tema de La Compañía. Mi impresión es que en dicho incendio murieron especialmente mujeres de sectores medios y fundamentalmente mujeres de pueblo, lo que no fue impedimento para que fallecieran también grandes señoras de la aristocracia, como una hermana del propio Larraín Gandarillas, lo que por cierto era un gaffe imperdonable. En un gesto extremadamente clasista la iglesia "condenó" a dichas mujeres sin nombre a la fosa común, la que con los años se olvidó por completo en un rincón del cementerio general de Santiago. En relación al agrado o desagrado que mi novela pudiese provocar en sectores muy conservadores, eso es algo que desconozco.

JQB: Entonces le vamos a mandar una copia autografiada a todos los obispos y ojalá que la mano no se te canse demasiado escribiendo las cariñosas dedicatorias que seguramente vas a regalar a tan nobles caballeros. Quién sabe si acaso no se vuelven literatos y te felicitan o refutan a través de algún libro. Pero volviendo a algo que dijiste anteriormente, ¿es cierto que no tienes la intención de seguir tratando temas históricos en tus novelas? ¿Vas a seguir escribiendo? ¿Hay algún otro libro en ciernes? ¿O aquí se cierra tu ciclo literario para siempre?

JML: Voy a seguir escribiendo aunque ahora quiero volver a lo contemporáneo. No sé hacer otra cosa más que leer y escribir. Estoy buceando en distintos temas sin tener muy claro hacia dónde voy. Pero de alguna forma estoy retornando a mis inicios, cuando escribí "La Beatriz Ovalle", el relato de una mujer de mi generación y fácilmente identificable con la hipocresía chilena de las clases altas.

JQB: Existe un rasgo que estoy captando como esencial en tu obra literaria. Reivindicas mucho a la mujer como ente oprimido por una sociedad machista. ¿O es solamente una impresión falsa y subjetiva que me he formado?

JML: Creo que esto es una muy buena observación. Desde "La Beatriz Ovalle", pasando por "Última edición", la obra teatral que estrené en 1983, y en la que criticaba la realidad de un sector de la burguesía en el interior de una revista de mujeres, siempre he estado interesado en descubrir nuevas facetas del alma femenina. Me parecen figuras mucho más ricas, y con más matices que los personajes masculinos al momento de querer mostrar determinados vicios y virtudes del comportamiento humano. La razón me la da Flaubert y su "Madame Bovary" o, más cercanamente, los inolvidables personajes femeninos de la novela "Las horas" de Michael Cunningham.

JQB: ¿Ha existido una difusión de tu obra fuera de Chile? ¿Fue en algún país en especial?

JML: No, lamentablemente. Mis primeras obras las publiqué con editoriales nacionales pequeñas, que no tenían mayor difusión y ahora en el caso de Alfaguara, los libros circulan sólo en sus países de origen. Hace dos años estuve en la Feria del Libro de Buenos Aires y vi con tristeza, que los ejemplares de autores chilenos publicados por Alfaguara, entre los cuales me encontraba, fueron colocados en las partes más inferiores de los anaqueles, a la altura de los tobillos del público asistente, que por cierto no se enteró jamás de la presencia de nuestros libros. En relación a "La joven de blanco" y por tratarse de un protagonista anglosajón, haré un esfuerzo para su traducción al inglés.

JQB: ¿Cuál ha sido hasta ahora la respuesta del público con "La joven de blanco"?

JML: La novela tiene muy poco tiempo en las librerías como para hacer una evaluación al respecto. Recién hoy acaba de aparecer la primera crítica impresa en el diario "La Nación", la que es muy favorable y entusiasta. Héctor Véliz Meza, por otra parte, hizo una excelente crítica en Telenoche de Canal 13. Espero con ansiedad la crítica de la Revista de Libros de El Mercurio. Gracias a estos aportes y a las escasas entrevistas a los medios nacionales, "más preocupados" de lo que se ha dado en llamar la farándula, el poco numeroso contingente de lectores tiene la posibilidad de acceder a los libros que se están publicando. Creo mucho en el "boca a boca" y considero que la buena venta de mi novela anterior se debió, fundamentalmente, a esta forma de difusión.

JQB: ¿A qué le llamas una buena venta en Chile?

JML: A lo que mis derechos de autor, que son el 10% de las ventas, me reportan: alrededor de 1000 ejemplares vendidos de mi anterior novela, lo que sin dudas es para Chile una cantidad interesante, muy lejana a las seis ediciones chilenas y una argentina de mi primera novela "La Beatriz Ovalle", aparecida curiosamente en plena dictadura.

JQB: Entonces la cultura parece que estaba mucho mejor con Pinochet... ¿O no?

JML: ¡Por favor! El lector en ese entonces tenía tanta necesidad de reafirmarse en medio de las tinieblas en que vivíamos, que buscaba textos que lo identificaran. De esa generación surgieron autores como Marco Antonio de la Parra, Darío Osses y Ana María del Río e instituciones como el teatro Ictus. Una solidez que en estos últimos años, y en democracia, parece haberse perdido con tanto ejercicio experimental y un cierto destape copiado de otras culturas. Lo lamentable es que dicha experimentación ya se había realizado 30 años antes o más, como por ejemplo, en los teatros universitarios en la década del 60.

JQB: Por la forma en que te expresas, causas la impresión que la dictadura militar no fue todo lo negativa que se dice en lo relativo a censurar o desautorizar expresiones culturales. Además, la censura en sí ya implica una forma velada de reconocimiento a lo que se hace.

JML: Para bien o para mal, yo crecí durante la dictadura y terminé mis estudios universitarios en el año 1974, por lo que fui parte de una juventud que conoció dos Chiles muy distintos. No sé qué habría sido de nosotros de continuar el gobierno de Salvador Allende, pero para mí fueron años de un gran entusiasmo. Me importaba un comino que las dueñas de casa tuviesen que hacer cola para comprar un pollo, cuando a nosotros, estudiantes y trabajadores, se nos abrían las puertas de par en par en el antiguo edificio de la Unctad, para comer prácticamente gratis. Si bien no llegaban películas norteamericanas por el boicot de las grandes empresas, veíamos como nunca festivales de cine europeo. Tuve la suerte de escribir un primer libro para la editorial Quimantú, que debía salir hacia mediados de septiembre de 1973. Por supuesto terminó quemado. De esta forma la dictadura significó un gran quiebre en nuestras vidas. Eso no impidió que yo siguiera desarrollándome como artista y, de hecho, "La Beatriz Ovalle" apareció publicada primero en Buenos Aires. Había que luchar contra viento y marea, y por cierto, en contra de la censura, y guardo como recuerdo los curiosos documentos con que el Ministerio del Interior autorizaba la publicación de un nuevo libro. Me imagino que son similares y tienen el mismo valor histórico, que los que se emitían en la España de Franco, en los primeros años posteriores a la guerra civil.

Es interesante haber conocido los puntos de vista de un escritor como Jorge Marchant Lazcano, cuyos libros han hecho noticia en estos últimos años. No solamente ha desempolvado episodios olvidados de la historia chilena, sino que también ha contribuido a enriquecer las letras de este país.

© Jorge Queirolo Bravo



miércoles, 7 de enero de 2009

Jorge Marchant Lazcano, el escritor que se convirtió en guionista de la televisión, ¿o fue al revés?

Por Jorge Queirolo Bravo, periodista y escritor

Jorge Marchant Lazcano es un hombre cuyo quehacer siempre ha estado indefectiblemente ligado al mundo de las letras y la literatura, ya sea como dramaturgo, novelista o guionista de teleseries. Últimamente su nombre salió nuevamente a la palestra, gracias a la feliz aparición de su última novela "Me parece que no somos felices", editada en 2002 por Alfaguara. Otros libros escritos por él son: "La Beatriz Ovalle", novela que tuvo gran éxito y varias ediciones en Chile; "La noche que nunca ha gestado el día", novela corta y el volumen de cuentos "Matar a la dama de las camelias". Interesado en conversar sobre su obra y otros temas, tuve el acierto de pretender concertar una entrevista con él, quien en un gesto de generosidad y desapego me la concedió sin mayores preámbulos. No se fijó en el tiempo que tuvo que dedicarle a la misma y que resultó bastante largo, pues los dos tenemos probablemente el mismo defecto o virtud, todo depende de la perspectiva con que se mire: ambos somos grandes conversadores. Nos enfrascamos en un entretenido diálogo, del que salió lo que viene a continuación.

JQB: ¿Cómo fueron tus comienzos en el mundo de la literatura?

JML: Tengo recuerdos de haber sentido inclinaciones por la literatura desde niño. Fui un lector bastante bueno desde joven, impulsivo, inocente, sin mayor formación en términos de lo que tenía que leer. En ese sentido tuve padres que no me impusieron restricciones. Hubo títulos que me influenciaron como “Cumbres borrascosas”, “El Gatopardo”, etcétera.

JQB: ¿Cuáles autores fueron los que más te impactaron?

JML: Fueron varios, como por ejemplo Albert Camus. Más bien recuerdo títulos antes que autores, entre los que están algunas novelas y cuentos de Scott Fitzgerald.

JQB: ¿Algún autor chileno que te haya gustado?

JML: En la primera época, y, después de haber pasado por Blest Gana y Orrego Luco, entré de lleno a leer a José Donoso, a quien admiré profundamente a mis 20 años. Después fui capaz de volver atrás en la literatura chilena y retomar a grandes autores que en esos momentos estaban muy olvidados, entre los que destacaría a Eduardo Barrios, Augusto D´Halmar, Joaquín Edwards Bello y Benjamín Subercaseux, todos a mi juicio grandes novelistas.

JQB: ¿Algún latinoamericano?

JML: Sí, por cierto. Cuando terminé el colegio y entré a estudiar periodismo en la Universidad de Chile, estaba en todo su apogeo el “boom” latinoamericano, lo que sin dudo me significó caer completamente cautivado por García Márquez, especialmente por "100 años de soledad" y "Crónica de una muerte anunciada". También está Vargas Llosa, pero el de corte humorístico, no el político. Hablo del Vargas Llosa de “Pantaleón y las visitadoras”. Igualmente está Carlos Fuentes, de quien me gustaron sus novelas, antes que su literatura posterior que se puso sumamente densa con el pasar de los años. El argentino Manuel Puig me cautivó y de alguna forma intenté emularlo en mi primera novela. Incluso se hablo de mí como el Manuel Puig chileno.

JQB: ¿Cuáles son tus proyectos literarios?

JML: Acabo de terminar una novela, que de alguna manera está emparentada con la que publiqué recientemente: "Me parece que no somos felices". Con esto me sumerjo en una época pretérita. Si "Me parece que no somos felices" transcurre en los años 20, en "La joven de Blanco" retrocedo a la segunda mitad del siglo XIX.

JQB: ¿Tu novela es de estilo costumbrista?

JML: Sin duda. Tiene varios puntos de entrada, es una novela dentro de otra, en la que se intenta hacer una recreación de la sociedad chilena después del incendio de la iglesia de la Compañía, ocurrido el 8 de diciembre de 1863, en el que murieron alrededor de 2000 mujeres quemadas vivas. Fue un acontecimiento que marcó a la sociedad de la época y que rápidamente fue ocultado por la iglesia católica, al extremo que algunos sacerdotes importantes de ese momento, como obispos y arzobispos, prácticamente no hacen alusión al hecho en sus escritos.

JQB: En cierta forma haces algo parecido a lo que ocurrió con "Santa Maria de las flores negras" de Hernán Rivera Letelier, quien revivió un hecho que estaba casi olvidado. ¿Es esto así?

JML: Pero lo de él no estaba tan olvidado. Lo que escribió es un hecho mucho mas reciente y éste fue rescatado por Luis Advis en su cantata "Santa María de Iquique". “Santa María de las flores negras” fue algo político, pero el incendio fue en cambio un acontecimiento social y religioso, que hasta aquí solamente se había tocado como crónica. Benjamín Vicuña Mackenna escribió un libro sobre aquel incendio. Más que contar los hechos, pretendo relatar lo sucedido días después del incendio e intento describir la vida de una familia conmovida por la tragedia, una de cuyas hijas muere quemada viva. Todo esto es una novela dentro de otra, lo que involucra a otros personajes, fundamentalmente a un pintor extranjero que realmente existió. Éste se ve también involucrado en la lectura y su nombre es James Whistler, norteamericano, quien pasó casi toda su vida residiendo en Inglaterra. Whistler era impresionista y extrañamente estuvo en Chile en 1866. De su paso por nuestro país no han quedado crónicas, lo que me permite fabular con sus acciones. Solamente quedaron 3 ó 4 telas en grandes museos en Europa cuyo tema es Valparaíso. Fueron muy importantes en su pintura y constituyeron una ruptura con lo que hasta ese momento había pintado, con lo cual entra de lleno en la etapa impresionista. Al no quedar registro de su estadía en Chile, yo le invento una historia. Él, con su mirada anglosajona, puede leer el texto del incendio con una mirada muy crítica. Existe un tercer elemento en juego. Antes de viajar a Chile, Whistler había pintado varios retratos de mujeres vestidas de blanco, que son sus obras más conocidas, las que lo vincularon con una novela de moda en ese momento en Inglaterra, que fue "La mujer de blanco", de Wilkie Collins. Este volumen es una suerte de homenaje a "La mujer de Blanco", tanto en su estructura, como en ciertos elementos góticos muy típicos de la novela ochocentista, lo que sin duda significa que en los últimos años me he convertido en un gran admirador de Wilkie Collins.

JQB: ¿Por qué motivo crees que se guardó silencio durante tantos años sobre una desgracia que afectó a tanta gente? ¿Hubo acaso alguien interesado en que esto sucediera de aquel modo?

JML: La mayor parte de las víctimas era gente de extracción muy humilde, pero también hubo ciertas excepciones, como una hermana de monseñor Joaquín Larraín Gandarillas, fundador de la Universidad Católica, quien intentó ocultar los hechos.

JQB: ¿Por qué habría de hacer eso, si se trató de una desgracia? ¿Qué lo motivó a actuar así?

JML: Existió una circunstancia un tanto odiosa, pues el incendio marcó un distanciamiento entre el mundo laico y católico. Muchos le echaron la culpa a los curas por este fervor religioso, en el que las iglesias se llenaban de fieles. Muchas mujeres vivían literalmente dentro de las iglesias. Cuando comenzó el fuego en la iglesia de la Compañía, ésta estaba abarrotada y la mayor parte de la concurrencia no pudo escapar. El intendente de Santiago, Bascuñán Guerrero, intentó culpar a la iglesia e incluso se llegó a señalar que ésta era un foco de corrupción. Esto por cierto fue duramente rebatido por la jerarquía eclesiástica, lo que creó el marco para que en muy pocos años el hecho pasara a la historia. Hoy el único recuerdo que queda del incendio, es un monumento en los jardines del ex congreso nacional y actual cancillería, terrenos en los que estuvo asentada la iglesia de la Compañía.

JQB: ¿Cuál crees que va a ser la reacción de la actual jerarquía eclesiástica cuando salga tu novela? ¿Les gustará?

JML: Pienso que la literatura, y especialmente la de ficción, tiene tan poca resonancia en nuestro país, que está preocupado de los mediocres discursos políticos y de la frivolidad de la televisión, en especial de los programas de conversación, que poco interés va a ser el que tendrán en rebatir o afirmar mis puntos de vista. La literatura en Chile es algo que solamente le interesa a una élite cultural, sin mayores repercusiones sociales, lo que por cierto habla muy mal de nuestro desarrollo cultural después de la dictadura, pese a que ya llevamos más de 10 años en supuesta democracia.

JQB: ¿Antes de la dictadura de Pinochet en Chile (1973-1990) la vida cultural en este país era entonces más rica que durante su largo gobierno? ¿Qué opinas al respecto? Te lo pregunto sin ninguna connotación en cuanto a lo político o ideológico. Me refiero única y estrictamente al aspecto cultural.

JML: Era un país "mucho más chico", mucho más aislado e inocente, pero pese a eso existían manifestaciones culturales de gran calibre en los años 60. En esa década me formé yendo a los teatros universitarios, que entregaban grandes montajes. Tuvimos un fuerte movimiento literario en la generación del 50. Fuimos capaces de entregar al mundo dos premios Nobel de literatura y esos eran nuestros hitos culturales. No como ahora, que nuestros referentes son una ex miss universo, un par de futbolistas, jugadores de tenis y falsos estudiantes de arte en un show de televisión.

JQB: ¿Entonces el “reality show” de la televisión no es arte para ti?

JML: No sé, es un fenómeno que llegó a Chile atrasado, como todo y que ante nuestras terribles carencias se ha elevado a nivel de gran tema nacional, siendo en realidad un vulgar programa de televisión, absolutamente manipulado, con adolescentes que no saben hablar, que jamás tomarían en serio una carrera artística y eso se nota, incluso cuando están en una clase de “actuación" y discuten en los pasillos asuntos amorosos. Me refiero concretamente al programa de canal 13, al que lamentablemente Televisión Nacional amenaza con otro “reality show”. Lamento profundamente que actores serios y con larga trayectoria como Fernando Gallardo, se presten para esta vulgar parodia de estudiantes de teatro.

JQB: ¿En medio de tanta mediocridad cultural que denuncias, qué futuro le ves a la literatura chilena? ¿Existe alguna esperanza para las letras de Chile dentro de este contexto?

JML: La literatura chilena, como la de cualquier otro país del mundo, sobrevive gracias al talento, al tesón, a la porfía y pasión de los propios escritores, los cuales sin duda tienen que hacer un esfuerzo sobrehumano en sociedades como la nuestra, sin mayor apoyo institucional y debiendo ganarse la vida en otros oficios.

JQB: ¿Pese a eso, estás dispuesto a seguir escribiendo?

JML: Sí, claro. La literatura de alguna forma es un espacio de libertad y porque a pesar de todo, existe el placer incomparable de encontrar lectores.

JQB: Dijiste que la literatura es un espacio de libertad, pero hace no mucho tiempo una persona fue perseguida judicialmente por un libro que escribió, en el que supuestamente injuriaba a un conocido personaje público. Creo que sabes a qué libro me refiero.

JML: Son casos concretos de obras que no son de ficción, como también le sucedió hace poco al autor de una biografía de la cantante Cecilia. En el terreno de la ficción es más difícil y menos probable que esto suceda.

JQB: ¿Cuáles son tus proyectos literarios después de la novela que anuncias?

JML: Estas dos obras que he trabajado en los últimos años me acompañaron por mucho tiempo y no fui capaz de darles término, por cuanto estuve escribiendo teleseries por un lapso prolongado. Al cerrarlo, quedé libre para enfrentar nuevos proyectos. No existe por el momento ninguno en concreto.

JQB: ¿O sea que tenemos Jorge Marchant para rato?

JML: Así espero, si la salud me acompaña, mientras esté vivo difícilmente no estaré enfrentando un nuevo proyecto literario, especialmente y retomando mis inicios, cada buena novela que leo me abre nuevamente el apetito. Me gustaría en este punto recomendar tres novelas que me han marcado en el último tiempo, de autores vivos y contemporáneos: “Corazón tan blanco”, del español Javier Marías; “Las horas”, del norteamericano Michael Cunningham y “Expiación”, del inglés Ian Mc Ewan.

JQB: ¿Volverías a hacer guiones para teleseries?

JML: Eventualmente sí. Lo haría si pudiera trabajar un material más novedoso, una vuelta al melodrama tradicional o una historia para adultos en horario nocturno y, especialmente, algún material para miniseries, materias en las que Televisión Nacional está dispuesta a entrar.

JQB: ¿Tienes alguna intención de incursionar en el campo del cine? ¿Existe alguna propuesta al respecto?

JML: Soy un apasionado del cine y lo he visto desde que tengo uso de razón, pero lamentablemente no he tenido coqueteos con directores chilenos y en realidad las películas que se hacen en Chile no me atraen mucho.

JQB: ¿Por qué?

JML: Las temáticas del actual cine chileno me parecen, a pesar de sus altos contenidos eróticos, un poco inocentes. Se mueven en mundos que no termino de comprender. Se juega mucho con el humor y mis intereses cinematográficos van por otros caminos.

La verdad es que la conversación con Jorge Marchant siguió por un largo rato, pero por razones de espacio no fue posible incluir todo lo que hablamos. De todas maneras, Jorge accedió gustoso a dejarse entrevistar en una segunda ocasión para contarnos sobre otros proyectos literarios y televisivos a futuro.

© Jorge Queirolo Bravo